Endnotes

Endnotes2
  1. Crisis de la relación de clase
  2. Miseria y deuda
  3. Comunización y teoría de la forma-valor
  4. La contradicción en movimiento
  5. Historia de la subsunción

Miseria y deuda Sobre la lógica y la historia de la población y el capital excedentarios

Sobre la lógica y la historia de la población y el capital excedentarios

Endnotes # 2, de abril de 2010: miseria y forma-valor

Tendemos a interpretar la crisis actual a través de las teorías cíclicas de una generación anterior. Mientras que los economistas en boga van hozando en busca de los «brotes verdes» de la recuperación, los críticos críticos sólo se preguntan si quizá lleve un poco más de tiempo «restaurar» el crecimiento. Es cierto que si partimos de teorías de ciclos económicos, o incluso de ondas largas, es fácil dar por sentado que los booms siguen a las quiebras igual que un mecanismo de relojería, y que las recesiones siempre «preparan el camino» de una reactivación. Pero, ¿qué probabilidades hay —suponiendo que el cataclismo actual remita—, de que seamos testigos de una nueva edad de oro del capitalismo1?

Podríamos comenzar por recordar que la época milagrosa de la edad de oro anterior (1950-1973 aproximadamente) no sólo se debió a una guerra mundial y a un enorme aumento del gasto público, sino también a una transferencia de población de la agricultura a la industria sin precedentes históricos. Las poblaciones rurales resultaron ser una de las armas más potentes de la odisea de la «modernización», pues proporcionaron una fuente de mano de obra barata para una nueva ola industrializadora. En 1950, el 23 por ciento de población activa alemana estaba empleada en la agricultura, en Francia el 31, en Italia el 44 y el 49 por ciento en Japón: en el año 2000, todos estos países tenían poblaciones rurales inferiores al 5 por ciento del total de la población2. Durante el siglo XIX y a comienzos del XX, cuando se daban de desempleo masivo, el capital lidiaba con ellas —además de exportarlos a las colonias— enviando a los proletarios urbanos de vuelta a la tierra. Al acabar con el campesinado en sus núcleos tradicionales al mismo tiempo que topaba con los límites de la expansión colonial, el capital acabó con sus propios mecanismos tradicionales de recuperación.

Entretanto, la ola industrializadora que absorbió a los que habían sido expulsados de la agricultura topó con sus propios límites durante la década de 1970. Desde entonces, en los principales países capitalistas se ha producido un descenso sin precedentes en los niveles de empleo industrial. Durante las últimas tres décadas, el empleo en la industria se redujo en un 50 por ciento como porcentaje del total de la población activa en esos países. Incluso en países recién «industrializados» como Corea del Sur y Taiwán, los niveles relativos de empleo industrial han descendido durante las últimas dos décadas3. Al mismo tiempo, tanto la cantidad de empleados mal remunerados del sector servicios como la de habitantes de barriadas marginales que trabajan en el sector informal se han ampliado, al ser las únicas opciones restantes para aquellos se han vuelto superfluos para las necesidades de unas industrias que se contraen cada vez más.

Para Marx, el ámbito de la tendencia a la crisis inherente al modo de producción capitalista no se limitaba a desaceleraciones periódicas de la actividad económica. Se expresaba con la máxima contundencia en una crisis permanente de la vida laboral. La differentia specifica de las crisis «económicas» capitalistas (que la gente muera de hambre a pesar de la existencia de buenas cosechas, y que los medios de producción permanecen ociosos pese a la necesidad que hay de sus productos) no es sino un momento de esta crisis más amplia: la constante reproducción de la escasez de empleo en medio de la abundancia de bienes. Es la dinámica de esta crisis —la crisis de la reproducción de la relación capital-trabajo— la que analiza este artículo4.

Reproducción simple y ampliada

Pese a la complejidad de sus resultados, el capital sólo posee un requisito previo fundamental: las personas tienen que carecer de acceso directo a los productos que consideran necesarios para vivir, y acceder a ellos sólo por mediación del mercado. De ahí la misma palabra «proletariado», referida en un principio a los ciudadanos desprovistos de tierra que habitaban las ciudades romanas. Al carecer de trabajo, se les apaciguó primero mediante la provisión estatal de pan y circo, y más tarde contratándolos como mercenarios. Ahora bien, históricamente la condición proletaria es poco frecuente: a lo largo de la historia, la mayor parte del campesinado mundial ha tenido acceso directo a la tierra en calidad de agricultores o pastores autosuficientes, aunque casi siempre se vieran forzados a entregar una parte de su producto a las élites dominantes. De ahí la necesidad de la «acumulación originaria»: separar a la gente de la tierra, su medio fundamental de reproducción, y generar así una dependencia total del intercambio mercantil5. En Europa, este proceso fue rematado durante las décadas de 1950 y 1960. A escala mundial, sólo ahora —exceptuando el África subsahariana, determinadas partes del sur de Asia y China— comienza a aproximarse a su punto culminante.

La separación inicial de la gente de la tierra, una vez lograda, nunca es suficiente. Tiene que ser repetida a perpetuidad para que el capital y el trabajo «libre» se encuentren en el mercado una y otra vez. Por un lado, el capital requiere, ya presentes en el mercado de trabajo, a una masa de gente despojada de acceso directo a medios de producción, y que busca intercambiar su trabajo por salarios; por otro, también requiere, ya presentes en el mercado de bienes de consumo, a una masa de personas que ya tienen salarios, y que buscan intercambiar su dinero por bienes. En ausencia de estas dos condiciones, la capacidad de acumulación del capital está limitada: no puede producir ni vender a gran escala. Antes de 1950, fuera de Estados Unidos y del Reino Unido, el ámbito de la producción en masa se hallaba limitado precisamente debido a las limitadas dimensiones del mercado, es decir, debido a la existencia de un campesinado numeroso, relativamente autosuficiente y que no vivía fundamentalmente de los salarios. La historia de la posguerra es la de la abolición progresiva del campesinado mundial restante, primero en lo tocante a su autosuficiencia, y en segundo lugar en tanto campesinos a secas, propietarios de la tierra que trabajaban.

Marx explica este rasgo estructural del capitalismo en su capítulo acerca de la «reproducción simple» en el primer volumen de El capital. Nosotros interpretaremos este concepto como la reproducción, en y a través de ciclos de producción y consumo, de la relación entre el capital y los trabajadores6. La reproducción simple no subsiste debido a la «costumbre», ni a la falsa (o falta de) conciencia de los trabajadores, sino a través de una compulsión material, que no es otra que la explotación de los trabajadores asalariados, el hecho de que en conjunto sólo pueden adquirir una parte de los bienes que producen:

Pero el proceso vela para que esos instrumentos de producción autoconscientes no abandonen su puesto, y para ello aleja constantemente del polo que ocupan, hacia el polo opuesto ocupado por el capital, el producto de aquéllos. El consumo individual, de una parte, vela por su propia conservación y reproducción, y de otra parte, mediante la destrucción de los medios de subsistencia, cuida de que los obreros reaparezcan constantemente en el mercado de trabajo7

Por tanto, la acumulación capitalista no es una cuestión de organización de la esfera de la producción ni de la esfera del consumo. Un excesivo énfasis en la producción o el consumo tiende a suscitar teorías parciales de las crisis capitalistas: «la superproducción» o el «subconsumo». El trabajo asalariado estructura el proceso de reproducción como un todo: el salario distribuye a los trabajadores en el proceso de producción y al mismo tiempo distribuye el producto entre los trabajadores. Esta es una invariante del capital independiente de particularidades geográficas o históricas. La contracción de la reproducción crea una crisis tanto de sobreproducción como de subconsumo, ya que bajo el capital que son lo mismo.

Sin embargo, no podemos pasar de una manera tan directa de presentar la estructura de la reproducción simple a una teoría de la crisis, ya que por su propia naturaleza la reproducción simple también es reproducción ampliada. Así como los trabajadores tienen que regresar al mercado de trabajo para reponer su fondo salarial, también el capital tiene que regresar a los mercados de capitales para reinvertir sus beneficios en la ampliación de la producción. Todo capital ha de acumular, so pena de quedarse atrás en su competencia con otros. La fijación de precios a través de la competencia y las estructuras de costes variables dentro de cada sector desembocan en tasas de ganancia intersectoriales divergentes, lo que a su vez estimula la introducción de innovaciones que aumenten la eficiencia, pues al reducir sus costes por debajo de la media del sector las empresas pueden obtener beneficios extraordinarios o bajar los precios para aumentar su cuota de mercado. En cualquier caso, la disminución de los costes desembocará en un descenso de los precios, pues la movilidad del capital entre sectores tiene como resultado una nivelación de las tasas de ganancia intersectoriales, a medida que la circulación de capitales en busca de mayores beneficios hace que la oferta (y por tanto los precios) aumente y disminuya, lo que hace fluctuar el rendimiento de las nuevas inversiones en torno a una media intersectorial. Este movimiento perpetuo del capital también propaga las innovaciones destinadas a reducir costes a todos los sectores, lo que establece una ley de rentabilidad que obliga a todos los capitales a maximizar los beneficios con independencia de la coyuntura política y social en la que se encuentren. Y a la inversa, cuando la rentabilidad disminuye, no se puede hacer otra cosa para restablecer la acumulación que no sea la «destrucción de valores de capital» y la «liberación de obreros», que restablecen las condiciones de rentabilidad.

Sin embargo, esta concepción formalista del proceso de valorización no logra captar la dinámica histórica con la que sintoniza el análisis de Marx. Por sí sola, la ley de la rentabilidad no es capaz de garantizar la reproducción ampliada, pues eso también requiere la aparición de nuevas industrias y de nuevos mercados. Los aumentos y descensos de la rentabilidad actúan como señales que indican a la clase capitalista que se han producido innovaciones en industrias concretas, pero lo decisivo es que con el tiempo la composición de la producción —y por tanto del empleo— cambia: industrias que otros tiempos eran responsables de una gran parte de la producción y del empleo crecen ahora más lentamente, a la vez que nuevas industrias se hacen cargo de una cuota cada vez mayor de ambos. Aquí hemos de tener en cuenta los factores determinantes de la demanda considerándolos como independientes de los factores determinantes de la oferta8.

La demanda varía de acuerdo con el precio de un producto dado. Cuando el precio es elevado, el producto sólo lo adquieren los ricos. A medida que se acumulan las innovaciones en procesos de ahorro de mano de obra, los precios descienden, y el producto se transforma en un bien de consumo masivo. En el punto culminante de esta transformación, las innovaciones hacen ampliarse enormemente el mercado para un producto dado. Esa ampliación supera la capacidad de las empresas existentes, y los precios bajan más lentamente que los costes, lo que desemboca en un período de alta rentabilidad. Entonces el capital se precipita hacia esos sectores, arrastrando a la fuerza de trabajo tras de sí. A llegar a cierto punto, sin embargo, se alcanzan los límites del mercado, es decir, el mercado se satura9. Ahora las innovaciones hacen que la capacidad total aumente más allá de las dimensiones del mercado: los precios descienden más rápidamente que los costes, lo que desemboca en un período de rentabilidad descendente. El capital abandonará el sector, y al hacerlo expulsará trabajo10.

Este proceso, que los economistas llaman la «maduración» de las industrias, se ha producido muchas veces. La revolución agrícola, que estalló por primera vez en la Inglaterra renacentista, acabó topando con los límites del mercado interior. Innovaciones en el proceso de trabajo tales como la consolidación de la fragmentación en tenencia de tierras, la eliminación del barbecho, y la diferenciación del uso del suelo de acuerdo con las ventajas naturales acarrearon —en condiciones capitalistas de reproducción— la expulsión sistemática del campo tanto de trabajo como de capital. Como consecuencia Inglaterra se urbanizó rápidamente, y Londres se convirtió en la ciudad más grande de Europa.

Es aquí donde interviene la dinámica decisiva de la reproducción ampliada, pues a los trabajadores expulsados ​​de la agricultura no se les dejó languidecer indefinidamente en las ciudades. Acabaron siendo empleados por el sector manufacturero de una Gran Bretaña en vías de industrialización, sobre todo en la creciente industria textil, que en aquel entonces estaba efectuando la transición de la lana al algodón. Ahora bien, una vez más las innovaciones en los procesos laborales —como la hiladora de usos múltiples, la hiladora Jenny y el telar mecánico— llevaron a que con el tiempo también esta industria comenzase a expulsar mano de obra y capital. Y el declive de las industrias de la primera revolución industrial, desde el punto de vista del porcentaje total de mano de obra empleada y capital acumulado, dio paso a las de la segunda revolución industrial (el sector químico, las telecomunicaciones, y las mercancías eléctricas y motorizadas). Este movimiento de entrada y salida de trabajo y capital de diferentes sectores, basado en tasas de ganancias diferenciales, es el que garantiza la posibilidad continuada de la reproducción ampliada:

La expansión […] es imposible si no existe el material humano disponible, si en el número de los obreros no se produce un aumento independiente del crecimiento absoluto de la población. Dicho aumento se genera mediante el simple proceso que «libera» constantemente una parte de los obreros, aplicando métodos que reducen, en comparación con la producción acrecentada, el número de los obreros ocupados. Toda la forma de movimiento de la industria moderna deriva, pues, de la transformación constante de una parte de la población obrera en brazos desocupados o semiocupados11

La reproducción ampliada es, en este sentido, la reproducción continua de las condiciones de la reproducción simple. Los capitales que ya no se pueden reinvertir en un sector determinado debido a una rentabilidad decreciente tenderán a encontrar en el mercado laboral trabajadores disponibles expulsados de otros sectores. Estas cantidades «libres» de capital y trabajo serán invertidas a continuación en mercados en expansión en los que las tasas de ganancia sean más elevadas, o se congregarán en sectores completamente nuevos en los que fabricarán productos para mercados que aún no existen. Un número cada vez mayor de actividades se ven así subsumidas como procesos de valorización capitalista, y las mercancías se propagan desde los mercados de lujo a los mercados de masas.

El economista burgués Joseph Schumpeter describió este proceso en su teoría del ciclo económico12. Señaló que la contracción de sectores antiguos rara vez se produce sin sobresaltos o de manera pacífica, y que suele ir asociada a cierres de fábricas y bancarrotas a medida que los capitales intentan reducir sus pérdidas desviándolas de unos a otros mediante guerras de precios competitivas. Cuando varios sectores se contraen al mismo tiempo (y suele ser el caso, ya que están basados en conjuntos de innovaciones tecnológicas relacionadas entre sí) se produce una recesión. Schumpeter llama a esta pérdida de capital y de trabajo «destrucción creativa»: «creativa» no sólo en el sentido de que está estimulada por la innovación, sino también porque la destrucción crea las condiciones para nuevas inversiones e innovaciones: en el transcurso de una crisis, los capitales encuentran medios de producción y fuerza de trabajo disponibles en el mercado a precios de saldo. De ahí que, igual que un incendio forestal, la recesión despeje el camino para una nueva fase de crecimiento.

Muchos marxistas han hecho suya una concepción semejante a la del crecimiento cíclico de Schumpeter, a la que se limitan a añadir la resistencia obrera (o tal vez los límites de la ecología) como restricción externa. De ahí que complementen la noción marxista de la crisis como mecanismo de autorregulación con la convicción de que las crisis ofrecen oportunidades para hacer valer el poder de la fuerza de trabajo (o corregir las tendencias ecológicamente destructivas del capitalismo). En esos momentos, «otro mundo es posible». Ahora bien, la teoría del capitalismo de Marx no hace ninguna distinción semejante entre dinámica «interna» y límites «externos». Para Marx la dinámica del capital se manifiesta como su propio límite en y a través de este proceso de reproducción ampliada, no mediante ciclos de prosperidad y depresión, sino mediante el deterioro secular de sus propias condiciones de acumulación.

La crisis de la reproducción

Suele buscarse una teoría de la decadencia secular en las notas de Marx sobre la tendencia al descenso de la tasa de ganancia, que Engels editó y compiló como los capítulos XIII a XV del tomo III de El capital. Allí se sostiene que la tendencia de la tasa de ganancia a igualarse entre sectores, —combinada con la tendencia de la productividad a aumentar en todos los sectores— da lugar a una disminución tendencial de la rentabilidad en el conjunto de la economía. Décadas de debates se han centrado en el «aumento de la composición orgánica del capital» al que se achaca esta tendencia, así como a la compleja interacción entre las diversas tendencias y contratendencias implicadas. No obstante, quienes participan en estos debates suelen olvidar que la misma explicación de la composición del capital sustenta otra ley, que se expresa en una tendencia a la crisis tanto cíclica como secular, y que cabe leer como una reformulación más ponderada de esta explicación por parte de Marx, a saber, el capítulo XXV del tomo I de El capital: «La ley general de la acumulación capitalista13».

Este capítulo, que sigue inmediatamente a los tres capítulos sobre la reproducción simple y ampliada, suele leerse como si tuviera objetivos más modestos. Los lectores se centran exclusivamente en la primera parte de la argumentación de Marx, donde da cuenta de la determinación endógena del nivel de los salarios. Allí Marx muestra cómo, a través del mantenimiento estructural de un cierto nivel de desempleo, los salarios se ajustan a las necesidades de la acumulación. A medida que aumenta la demanda de fuerza de trabajo, el «ejército industrial de reserva» de los parados se contrae, lo que a su vez hace aumentar los salarios. A continuación este aumento de los salarios disminuye la rentabilidad y hace que la acumulación se ralentice. A medida que la demanda de trabajo se reduce, el ejército de reserva vuelve a crecer, y los aumentos salariales previos se evaporan. Si éste fuera el único argumento del capítulo, entonces la «ley general» no sería más que una nota a pie de las teorías de la reproducción simple y ampliada. Pero Marx sólo está empezando a desplegar su argumento. Si los parados tienden a ser reabsorbidos por los circuitos del capitalismo en tanto ejército industrial de reserva —todavía sin empleo, pero desempeñando una función fundamental para la regulación del mercado de trabajo— también tienden a proliferar por encima de la magnitud requerida por esta función, y a convertirse en absolutamente redundantes:

Cuanto mayores sean la riqueza social, el capital en funciones, el volumen y vigor de su crecimiento y por tanto, también, la magnitud absoluta de la población obrera y la fuerza productiva de su trabajo, tanto mayor será la pluspoblación relativa o ejército industrial de reserva. La fuerza de trabajo disponible se desarrolla por las mismas causas que la fuerza expansiva del capital. La magnitud proporcional del ejército industrial de reserva, pues, se acrecienta a la par de las potencias de la riqueza. Pero cuanto mayor sea este ejército de reserva en proporción al ejército obrero activo, tanto mayor será la masa de la pluspoblación consolidada o las capas obreras cuya miseria está en razón inversa a la tortura de su trabajo. Cuanto mayores sean, finalmente, las capas de la clase obrera formadas por menesterosos enfermizos y el ejército industrial de reserva, tanto mayor será el pauperismo oficial. Esta es la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista.14

En otras palabras, la ley general de la acumulación capitalista consiste en que —en paralelo con su crecimiento— a partir de la masa de trabajadores, el capital produce una población relativamente superflua, que luego tiende a convertirse en una población excedentaria consolidada completamente superflua para las necesidades del capital15.

No resulta inmediatamente obvio cómo Marx llega a esta conclusión, aunque en una época de reactivaciones económicas sin empleo, barriadas de chabolas y precariedad generalizada, la tendencia que describe parece cada vez más evidente. En la edición francesa del primer volumen de El capital, Marx expone con más claridad su argumento. Allí señala que cuanto más elevada sea la composición orgánica del capital, más rápidamente tiene que proseguir la acumulación para mantener el empleo, con lo que «acelera, al mismo tiempo, los trastrocamientos en la composición técnica del capital que acrecientan la parte constante de éste a expensas de la variable, reduciendo con ello la demanda relativa de trabajo». Se trata de algo más que una característica de industrias concretas caracterizadas por una gran concentración. A medida que avanza la acumulación, una creciente «sobreabundancia» de bienes disminuye la tasa de ganancia e intensifica la competencia entre sectores, obligando así a todos los capitalistas a «economizar en mano de obra». Los aumentos de productividad, por tanto, «se concentran bajo esta gran presión y se asimilan a través de modificaciones técnicas que revolucionan la composición del capital en todas las ramas que rodean las grandes esferas de la producción16».

¿Qué sucede, entonces, con las nuevas industrias? ¿No se hacen cargo del empleo sobrante? Marx constata, en los movimientos del ciclo económico y a través de ellos, un desplazamiento de industrias intensivas en mano de obra a industrias intensivas en capital, con la consiguiente caída en la demanda de fuerza de trabajo tanto en los nuevos sectores como en los antiguos: «Por una parte, como vemos, el capital suplementario formado en el curso de la acumulación atrae cada vez menos obreros, en proporción a la magnitud que ha alcanzado. Por otra parte, el capital antiguo, reproducido con una nueva composición, repele cada vez más obreros de los que antes ocupaba17.» Este es el secreto de la «ley general»: las tecnologías ahorradoras de trabajo tienden a generalizarse dentro y fuera de cada sector, lo que acarrea una disminución relativa de la demanda de fuerza de trabajo. Más aún, esas innovaciones son irreversibles: no desaparecen ante la eventualidad de que un restablecimiento de la rentabilidad (de hecho, como veremos, el restablec

Translated by F. Corriente